El Papa León XIV visitó este jueves el puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, en uno de los actos de mayor carga humana de su viaje a España. El pontífice, primero en pisar suelo canario, se reunió con migrantes rescatados del Atlántico, con voluntarios de Cáritas y con representantes de Salvamento Marítimo en el muelle que hace años concentró la atención mundial por el hacinamiento de miles de personas llegadas en patera.
León XIV llegó al puerto a las 11.40 horas, donde le recibió el obispo de Canarias, monseñor José Mazuelos, junto a representantes de Salvamento Marítimo, Cruz Roja, Cáritas, la Policía Nacional y la Guardia Civil. Antes de tomar la palabra, el Papa escuchó cuatro testimonios. Tito Villarmea, capitán del Guardamar Urania, relató que en dieciocho años de servicio ha participado en el rescate de más de 20.000 personas, y compartió el recuerdo de una madre que, ya a salvo a bordo, descubrió entre los supervivientes el rostro de su hijo de catorce años: era una niña. María, voluntaria de Cáritas, describió los días del desbordamiento del muelle, cuando los recursos eran escasos y a menudo solo podían ofrecer "galletas, leche y un poco de atención". Una tercera intervención recogió, por motivos de seguridad, el testimonio escrito de Blessing, una mujer nigeriana víctima de trata que sobrevivió a un cautiverio tras caer en manos de una mafia después de abandonar su país. Una cuarta voz, la de una trabajadora latinoamericana llegada a Gran Canaria en 1997, cerró los testimonios con un mensaje de esperanza desde su experiencia de integración.
En su discurso, el Papa partió del símbolo del anillo del Pescador para trazar una reflexión sobre la responsabilidad de la Iglesia ante la migración. Evocó el mar bíblico como imagen del caos y de la muerte, y subrayó que "donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas". Se dirigió directamente a Blessing para decirle que "si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable". Y advirtió a los migrantes presentes contra quienes prometen "paraísos fáciles" que no son sino "industrias de muerte".
León XIV reclamó responsabilidades tanto a los países de origen y tránsito como a Europa, a la que interpeló con una frase directa: no puede acostumbrarse a que el Atlántico sea un cementerio sin lápidas. Reivindicó a la vez el derecho a buscar refugio y el derecho a no tener que migrar, y resumió su mensaje en una sola frase: "La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera".





