Este lugar no solo se dedica a enseñar a tocar, sino que también cultiva un ambiente donde se entrelazan los anhelos y enseñanzas de manera natural. Los estudiantes, desde pequeños hasta adultos, encuentran en sus aulas un espacio de expresión y desarrollo, donde cada nota y cada paso de baile son parte de un viaje mucho más profundo.
La escuela de música ofrece una variedad de programas que abarcan desde clases de instrumentos hasta danzas tradicionales y contemporáneas. Aquí, el estudio cooperativo se convierte en una herramienta fundamental. No solo aprenden a tocar, sino que también se involucran en dinámicas grupales que les permiten evaluar el desempeño de sus compañeros. Este proceso de evaluación entre pares fomenta un ambiente de apoyo mutuo, donde cada uno puede apreciar las fortalezas y áreas de mejora de sus colegas. Así, los jóvenes desaEsrrollan habilidades que van más allá de la técnica: aprenden a escuchar activamente, a respetar las opiniones ajenas y a colaborar en la creación colectiva.
Uno de los aspectos más destacables es su enfoque en la formación de orquestas. En estas agrupaciones, tienen la oportunidad de experimentar la magia de tocar en conjunto, creando armonías que resuenan en el aire y generan un sentido de pertenencia. La experiencia de ser parte de una no solo es enriquecedora musicalmente, sino que también les enseña a trabajar en equipo, a coordinar esfuerzos y a sincronizar sus talentos con los de otros. Este proceso, aunque desafiante, resulta en una lección invaluable que trasciende las notas musicales.
Los beneficios de esta formación no se limitan a lo académico. A través de las notas musicales y el movimiento, experimentan un crecimiento personal significativo. La autoestima se fortalece a medida que logran dominar o perfeccionar una coreografía. Las emociones también juegan un papel crucial en este proceso; ella permite canalizar sentimientos, desde la alegría hasta la tristeza, ofreciendo un espacio seguro para la autoexpresión. Así, cada ensayo y cada presentación se convierten en oportunidades para el autodescubrimiento y la conexión emocional.
En la Escuela de Música de Sarriguren, explican: “La diversidad disponible en un instituto es otro atractivo que captura la atención de los aspirantes. Desde los clásicos, como el piano y el violín, hasta opciones menos convencionales, como la guitarra eléctrica, cada estudiante puede encontrar el sonido que más resuena con su personalidad”.
El ambiente es de camaradería y respeto. Los profesores, apasionados por su arte, no solo transmiten conocimientos técnicos, sino que también inspiran a sus alumnos a ser creativos y a explorar nuevas ideas. Este vínculo entre docentes y estudiantes crea un espacio donde nadie se siente juzgado, lo que facilita el estudio y la experimentación.
Esta técnica construye un puente hacia un futuro lleno de oportunidades. Así, cada estudiante que pasa por estas aulas no solo se lleva consigo un instrumento o una coreografía, sino también valores que perdurarán a lo largo de su vida.
En este camino musical, cada nota, cada paso y cada colaboración son lecciones vitales que enriquecen no solo el arte, sino también el espíritu. Éste no es solo un lugar de aprendizaje; es un hogar donde se siembran sueños y se despiertan pasiones.