Me veo en la obligación de escribir este artículo, con el único objetivo de concienciar a la sociedad y que pueda servir de referente y punto de reflexión para quienes lo lean.
Me hace gracia ver cómo las personas cuando hablan de discapacidad y de colectivos vulnerables, se apresuran a colocarse la medalla de “salvadores” ante la sociedad, proyectando una imagen de compromiso y solidaridad que, en muchas ocasiones, dista mucho de la realidad.
Cuándo luego queda reflejado en más de una ocasión, que muchas de las personas que dicen luchar y defender los derechos de las personas más vulnerables, no actúan en base a lo que defienden.
Haciéndonos creer que hacen todo lo posible porque el mundo prospere y vaya a mejor.
Actualmente en la Comunidad Foral de Navarra, existen 17 centros especiales de empleo para personas con discapacidad.
Dentro de ese grupo de personas, 21.000 de ellas están en edad de trabajar (16-64) años. Dentro de este colectivo, aproximadamente el 60% se encuentra sin trabajar. Lo que representa una cifra de 12.500 personas desempleadas o inactivas.
Federaciones del sector en la región como Cocemfe, alertan una brecha laboral. Donde solo 4 de cada 10 personas consiguen tener un empleo.
Es por ello que nos tendríamos que plantear las siguientes preguntas: ¿Realmente se hace todo lo posible por defender los derechos de las personas con discapacidad? ¿Verdaderamente se les da las oportunidades necesarias para que puedan hacer una vida igual al resto de la sociedad?
Si realmente se hiciera todo lo posible, a día de hoy Navarra no presentaría unas cifras de desempleo tan elevadas.
Por experiencia personal he de decir que de cara al mundo laboral, a las personas con discapacidad no se les da las mismas oportunidades ni reciben el mismo trato que el resto de la sociedad. Muchas de esas veces, por el motivo de no tener la suficiente formación académica.
Ya es vergonzoso saber que se ha presenciado casos de abuso laboral y explotación al trabajador en nuestra comunidad, hacia estas personas.
Alguna vez nos hemos preguntado: ¿Cuántos casos de abuso laboral, acoso o vulneración de derechos de las personas con discapacidad permanecen ocultos o nunca llegan a los tribunales?.
Los casos que sí conocemos deberían ser suficientes para preguntarnos si los mecanismos de protección y control están funcionando realmente.
Tenemos que ser conscientes que las buenas palabras, las campañas de concienciación y las declaraciones de compromiso pierden todo su valor cuando la realidad demuestra que todavía queda muchísimo por hacer.
De nada sirve hacer campañas de concienciación para normalizar la discapacidad en la sociedad, si luego somos incapaces de mirar con inferioridad a una persona de este colectivo solo por no tener estudios o tener un trabajo ordinario.
Cuando ya se parte de una situación de desventaja por no haber podido adquirir la formación académica necesaria, ya sea por circunstancias de salud o por cualquier otra razón, acceder a determinadas oportunidades laborales se vuelve mucho más difícil. A esta realidad se suma un prejuicio que todavía persiste en nuestra sociedad: la tendencia a infravalorar las capacidades de las personas con discapacidad, llegando incluso a tratarlas, en ocasiones, como si fueran seres inferiores. Esta mirada capacitista añade una barrera más a las muchas que ya deben afrontar.
Por ello, estas personas no solo tienen que superar las dificultades propias de la búsqueda de empleo, sino también los prejuicios, las bajas expectativas y las barreras sociales que condicionan sus oportunidades desde el principio.
Queremos un gobierno justo, o por lo menos libre de injusticias. Pero luego se nos hace extremadamente complicado, tratar a una persona con discapacidad igual que el resto. Porque para ojos de la sociedad, esa persona es defectuosa.
Pero lo que la sociedad no llega a percibir, es que todo el mundo puede ser defectuoso en cualquier momento de la vida. Y en cualquier momento, se puede tener una discapacidad.
La diferencia está en las personas que nacen con ella y quienes la adquieren a lo largo de la vida.
Por eso, deberíamos dejar de mirar la discapacidad como algo que les ocurre «a los demás». Porque, en realidad, puede formar parte de la vida de cualquiera de nosotros en cualquier momento.
Por supuesto que si se pudiera elegir tener o no tener discapacidad, todo el mundo elegiría no tenerla. Pues nunca va a ser agradable tener limitaciones en la vida o que las personas nos perciban vulnerables.
Pero hay que ser conscientes de que esta situación, la puede vivir cualquier persona en cualquier momento.
Nos intentan hacer ver, que este grupo de personas tienen los mismos derechos y oportunidades que el resto de la sociedad, cuando todo el mundo sabe que la diferencia es abismal.
Mismamente, para conseguir un puesto de trabajo fijo en el empleo público. Por supuesto, las personas con discapacidad tienen derecho a presentarse a una oposición y optar a una plaza, al igual que cualquier otra persona. Sin embargo, a la hora de la verdad, el número de plazas reservadas específicamente para personas con discapacidad es limitado.
Y aunque estas reservas pretenden garantizar una mayor igualdad de oportunidades, la realidad es que superar una oposición no siempre depende únicamente de la capacidad, el esfuerzo o la preparación de cada persona.
Llegando muchas veces a opositar en diferentes comunidades.
Se tiende a dar por hecho que las personas con discapacidad, son personas de familias de clase obrera o desestructuradas. Que acaban en trabajos ordinarios por falta de estudios o porque no les llega el presupuesto económico.
Este tipo de prejuicios hace que, en muchas ocasiones, se mire a este tipo de personas desde la condescendencia, la lástima o incluso desde una falsa sensación de superioridad, en lugar de hacerlo desde el respeto y la igualdad.
Olvidándonos de que muchas de estas personas se han formado académicamente llegando a tener carrera.
Cuando, en realidad, debería darnos igual la clase social a la que pertenezca una persona. La discapacidad puede existir tanto en familias de alta burguesía como en familias trabajadoras.
Por todo esto he querido escribir este artículo: para plasmar mi visión sobre las adversidades a las que todavía tienen que enfrentarse muchas personas con discapacidad y poner sobre la mesa una realidad que, en demasiadas ocasiones, permanece invisible.
Porque hablar de inclusión es fácil; lo verdaderamente difícil es conseguir que esa inclusión se traduzca en igualdad de oportunidades y en hechos.
Firmado,
Anne Etxeberría Landa





