La “capilla sixtina” de Tierra Estella

Arellano

Por Blanca Sagasti

Arellano, fin de ruta. Finisterre de la Na-6342, pasando por Dicastillo, al sur de Montejurra.

No hay más que callejear por el caserío antiguo para darse cuenta de que tuvo un pasado relevante: casas solariegas de buen sillar con imponentes arcos y escudos de armas en las fachadas. Un reducido caserío al que acompaña la iglesia en lo alto del pueblo, la torre medieval, una ermita del siglo XVI en las cercanías y una villa romana, musealizada, a pocos kilómetros, ¡casi nada!.

La iglesia sorprende en su interior con una decoración mural renacentista (siglo XVI) singular en Navarra por su tipología y monumentalidad. Arellano, allá por la década de los 90, fue la primera población navarra en recuperar un conjunto mural de estas características cubierto por los encalados. La restauración despertó el interés del historiador, Pedro Luís Echeverría Goñi, que fue el encargado de la puesta en valor de esta especialidad pictórica de origen alavés denominada “pinceladura en grisalla”. Según sus palabras en Diario de Navarra (10 de diciembre de 2021): “el descubrimiento de la pinceladura de Arellano, obra de Diego de Cegama y su reintegración imitativa por Blanca Sagasti en 1995 – 1998 supuso un punto de inflexión por su completo repertorio de aparejos, entablamento y retablo fingido renacentistas”. Hasta la recuperación del conjunto mural de Arellano se perdieron numerosas pinceladuras en templos rurales de Navarra ya que, normalmente, estas decoraciones estaban ocultas por sucesivos encalados a los que no se daba valor y se picaban para sacar la piedra. Esta práctica se generalizó en la segunda mitad del siglo XX y se prolongó hasta 1993 con la restauración de las pinturas murales de la catedral de Pamplona.

Arellano

La pinceladura, compitiendo con la cantería y la escultura en tierras norteñas, surgió como una forma sencilla y económica de enriquecer el interior de los templos. Con un juego de luces y sombras a base de blanco, negro y gris los pintores conseguían un efectista diseño arquitectónico en relieve plasmado en la planitud de los muros y bóvedas. Los diseños se adaptaban a los volúmenes por jerarquía de espacios: casetones almohadillados con roseta inscrita para la cabecera, casetones almohadillados en punta de diamante para la mitad superior de los muros de la nave, despiece sencillo para la parte inferior de los muros, coro, nervios y arcos de la bóveda, enladrillado para los plementos de la bóveda. A media altura de los muros recorre perimetralmente un entablamento corrido “a la romana” que porta una inscripción en letras capitales, “El Magnificat”.

Este telón ornamental en gris se complementaba con una “ordenanza de grutescos” (seres fantásticos de tipo “grotesco”) dispuestos en bandas sobre un fondo rojo delimitando los plementos o segmentos de las bóvedas. Otro elemento indispensable en el programa ornamental es la presencia de un monumental san Cristóbal, estratégicamente situado frente a la puerta de entrada para recibir a viajeros y peregrinos. Su presencia como portador de Cristo cruzando el río es habitual en las grandes catedrales (en 1969 fue excluido del calendario cristiano). 

En resumen, la decoración mural de Arellano muestra un completo programa ornamental de motivos inspirados en la arquitectura clásica romana, de ahí la denominación de, “a la romana”, y más concretamente, en el panteón de Agripa.

El autor de esta magnífica escenografia fue el “maestro de pincelar iglesias”, Diego de Cegama, guipuzcoano afincado en Alava. 

Las decoraciones murales realizadas por pintores alaveses tuvieron gran aceptación en Navarra donde la pinceladura alcanzó su mayor esplendor en las décadas de los 70 y 80 del siglo XVI, años en los que se producen importantes conjuntos murales como el de Arellano, Arquijas y otros todavía ocultos por los encalados como los de Olejua y Mendilibarri. El efectista estilo alavés lo adoptarían talleres locales de los que tenemos una buena muestra en los valles próximos a Sangüesa: Vesolla, Grez, Alzórriz, Guerguitiáin (escasos restos), o Gallipienzo, entre otros.

Arellano

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